Albert Camus: "A pesar de las ilusiones racionalistas, e incluso marxistas, toda la historia del mundo es la historia de la libertad."

jueves, 1 de marzo de 2018

La revolución industrial en la España del siglo XIX. El sistema de comunicaciones: el ferrocarril. Proteccionismo y librecambismo. La aparición de la banca moderna.





Durante el siglo XIX se inicia la transición entre una economía agraria propia del Antiguo Régimen y una economía capitalista e industrializada. Fue habitual en el caso español la pervivencia de estructuras económicas arcaicas junto a focos aislados de desarrollo.

La revolución industrial española durante el siglo XIX fue tardía e incompleta, y condicionó todo el desarrollo posterior, incapaz de competir con países como Inglaterra y tendiendo al proteccionismo económico.
Las causas que explican este retraso se centran en el atraso tecnológico, la falta de combustibles de calidad (carbón), la inexistencia de un mercado interno, y sobre todo la falta de capitales.
En otros países de Europa, los excedentes de la agricultura, tras los avances técnicos y de explotación, llevaron a la inversión de capital en la industria y alimentaron a una población en constante crecimiento que demandaba productos.

La falta de una burguesía emprendedora, mas tendente a la especulación (construcción, ferrocarril) que a la producción, junto con la dependencia técnológica y energética o la deficiente red de comunicaciones lastraron el desarrollo de la industria hasta finales de siglo y principios del XIX. Los productos españoles eran escasamente competitivos en el mercado internacional, al ser más caros y de peor calidad.

Dos sectores caracterizaron la Revolución industrial, el textil y la siderurgia. El primero se centró en Barcelona y el segundo en el País Vasco. 
El algodón se impuso a otros tejidos como la lana o el lino, y su demanda fue en constante aumento durante el siglo, generando muchos empleos. La industria textil catalana, beneficiada por el proteccionismo estatal y el mercado colonial, y que implanto rápidamente las innovaciones tecnológicas (máquinas de vapor,selfactinas), fue la gran protagonista. Sabadell y Tarrasa, fueron otros centros importantes del textil. Esto explica la gran afluencia de trabajadores de otras partes de España, a la Cataluña de finales de siglo, al igual que en el caso vasco. 
La siderurgia, tras sus inicios en Málaga,  se desarrolló en Asturias (cuenca minera de Mieres, La Felguera) y sobre todo en Vizcaya, concretamente en la ría del Nervión, Bilbao, al disponer del capital de los astilleros, así como yacimientos cercanos de hierro, exportados a Inglaterra o Bélgica. Fundamental en el despegue vasco fue la fundación de los Altos Hornos de Vizcaya, empresa que acabó teniendo la primacía del acero.
El sector minero se impulsó desde el sexenio democrático con la llamada desamortización de subsuelo español, una legislación minera que favoreció la venta en subasta de los yacimientos de plomo, mercurio,cinc, hierro o cobre. Las grandes explotaciones de Riotinto, Almadén o La Carolina  quedaron principalmente en poder de compañías extranjeras. (la Ley de Minas de 1868, que buscaba paliar el déficit crónico de la Hacienda).

Un sector vinculado a la industria con gran recorrido fue la construcción, que se intensificó en el tercio final del siglo con las grandes reformas urbanas.

Otras industrias menores fueron la papelera, la química o la agroalimentaria, destacando especialmente el sector vinícola. Su crecimiento se enmarca a mediados de siglo con la filoxera, una epidemia que arrasó los viñedos europeos e hizo que los franceses trajeran sus uvas y métodos, desarrollando vinos de mayor calidad en zonas como Navarra, la Rioja o Cataluña.



La modernización de los transportes fue una exigencia del incipiente desarrollo industrial, urbano y comercial. La era del ferrocarril en España comenzó a mediados de siglo  con las primeras líneas, Barcelona-Mataró (1848),Madrid- Aranjuez (1851) o Gijón-Langreo (realmente el primer ferrocarril español circuló, sorprendentemente ,en Cuba, en 1837). Sería durante el bienio progresista, con la ley general de ferrocarriles de 1855,con la que se promovió una verdadera red de transporte, impulsada desde el gobierno y con la entrada de abundante capital extranjero, principalmente francés (Banca Rothschild, grupo Pereire). La ley  eximió de aranceles a los materiales importados y se complementó con la Desamortización de Madoz y la Ley de bancos y Sociedades de Crédito.





La inversión en el ferrocarril generó una fiebre especulativa que desvió capitales de otros industrias, y los resultados económicos globales no fueron tan positivos como se pensaba, ya que gran parte del material era de origen extranjero (cuando hubo ferrocarril no hubo productos que transportar ni demasiados viajeros, quedando paralizado este primer avance).
Las dificultades orográficas de la península motivaron principalmente la adopción de un ancho de vía superior al europeo, lo que condicionó muy negativamente las comunicaciones ferroviarias con otros países. Del mismo modo el trazado centralizado en Madrid no fue el más apropiado.
La expansión del ferrocarril contribuyó no obstante a la consolidación del mercado nacional, conectando distintas áreas económicas, abaratando costes, uniendo la producción con los centros de consumo y facilitando el transporte de alimentos (lo que mejoró la dieta), materias primas o artículos industriales. En esta línea mencionaríamos también la extensión de la navegación a vapor, el servicio telegráfico y el postal.

La libertad de comercio, impulsada desde el liberalismo, trató de acabar con las trabas legales que dificultaban los intercambios (tasas, impuestos, aranceles), por lo que los gobiernos  favorecieron la unificación del sistema de pesos y medidas. Pese a ello, la  carencia de buenas comunicaciones fue el elemento que más dificultó la formación de un mercado interior, generando escasez y carestía. El comercio exterior creció durante todo el siglo XIX, aunque la balanza comercial no era muy favorable, al exportar materias primas e importar manufacturas y productos industriales a Reino Unido, Francia o Alemania. 
A nivel comercial, España, como la mayoría de los países europeos trataba de proteger su industria frente al poderío británico, por lo que promovió una política proteccionista, demandada por el textil catalán, el cereal castellano o la siderurgia vasca, es el caso del Arancel de 1826, de la política durante el reinado de Isabel II o sobre todo en la restauración. Frente a ello, la práctica opuesta, el librecambismo, que reducía al mínimo el papel del estado en la economía y buscaba reducir los aranceles. No sin gran oposición fue practicada por Espartero (acuerdo de libre comercio con Gran Bretaña) y especialmente con el Arancel Figuerola  de 1869, durante el sexenio, que redujo los impedimentos a la importación.

El sector financiero español, proveedor de capitales para la industrialización y el desarrollo económico, estuvo muy vinculado a la creación del Estado liberal. Con Fernando VII se creó el Banco de San Fernando o la Bolsa de Madrid. Las sucesivas leyes trataron de crear un sistema tributario unificado (Ley Mon-Santillán de 1845), el sistema bancario (Banco de España, 1856, Banco de Santander, Bilbao o Hipotecario) y sobre todo la unidad monetaria, conseguida en 1869 con la instauración de la peseta como moneda oficial. La deuda pública sin embargo acompañaría al liberalismo en todo este proceso, y los impuestos, especialmente los indirectos (como los de consumos) fueron fuente de agitación  y motines de subsistencia por parte de las clases populares que sufrían al ser gravados los productos de primera necesidad (de beber, de comer y de arder). 







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